La captura de Nicolás Maduro no es un episodio aislado. Tampoco es una excentricidad más de la política exterior estadounidense. Es la primera ficha que cae en un tablero geopolítico que Donald Trump está reorganizando con prisa, convicción y poco interés por las formas tradicionales. Lo ocurrido en Venezuela marca un punto de inflexión: Estados Unidos ha dejado claro que vuelve a ejercer poder duro en su hemisferio y que ya no se conforma con sanciones, comunicados diplomáticos o advertencias ambiguas.
Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, el mensaje es coherente, aunque incómodo para muchos aliados: el orden liberal de contención, negociación eterna y ambigüedad estratégica ha terminado. En su lugar emerge una lógica más simple, casi brutal: áreas de influencia claras, líneas rojas explícitas y una voluntad abierta de hacerlas cumplir.
Venezuela ha sido el primer escenario visible. Pero no será el último.
El fin de la paciencia estratégica en América Latina
Durante más de dos décadas, Estados Unidos toleró a regañadientes la consolidación de regímenes autoritarios en su vecindad inmediata. Cuba, Venezuela y Nicaragua sobrevivieron gracias a una combinación de retórica antiimperialista, apoyo externo (primero soviético, luego ruso y chino) y la convicción de que Washington nunca iría más allá de sanciones económicas.
Ese cálculo ya no es válido.
La caída de Maduro envía un mensaje inequívoco a toda la región: la impunidad ya no está garantizada por el simple hecho de resistir el paso del tiempo. Trump no concibe la política exterior como un equilibrio delicado de sensibilidades, sino como una relación de costes y beneficios. Y, a su juicio, permitir enclaves hostiles en el hemisferio occidental es un coste estratégico inaceptable.
Esto explica por qué, casi de inmediato, el foco empieza a desplazarse hacia Cuba.
Venezuela como precedente estratégico
La operación contra Maduro no fue improvisada. Fue el resultado de años de presión acumulada, sanciones progresivas y una lectura clara: el régimen venezolano ya no contaba con los recursos ni el respaldo internacional suficiente para resistir una intervención coordinada. Trump aprovechó ese momento de debilidad estructural para enviar un mensaje a toda la región: quien desafíe abiertamente los intereses estadounidenses en el hemisferio, pagará el precio.
Cuba: el siguiente dilema incómodo
Hablar de “tomar Cuba” puede sonar exagerado, incluso provocador. Pero el lenguaje importa menos que los hechos. La isla atraviesa su momento de mayor debilidad estructural desde los años 90: colapso energético, escasez crónica, migración masiva y una población cada vez menos ideologizada y más agotada.
A diferencia de Venezuela, Cuba no tiene petróleo ni una renta exportadora que le permita ganar tiempo. Su modelo económico está exhausto y su legitimidad interna se erosiona lentamente. Para Trump, Cuba no es solo un símbolo ideológico, sino un problema estratégico sin resolver desde hace más de 60 años.
La diferencia ahora es el contexto. Sin un Maduro fuerte, sin una izquierda regional cohesionada y con una América Latina girando hacia posiciones más pragmáticas, La Habana queda mucho más aislada. Washington no necesita una invasión para presionar: basta con endurecer el cerco financiero, limitar remesas, condicionar el turismo y dejar claro que no habrá normalización sin cambios reales.
El mensaje implícito es claro: o transición controlada, o asfixia prolongada. Y eso, para un régimen que vive del equilibrio interno más que de la prosperidad, es una amenaza existencial.
La fragilidad del modelo cubano
Cuba enfrenta una crisis energética sin precedentes recientes. Los apagones se prolongan durante días, la producción agrícola colapsa y el sistema de distribución apenas funciona. La población, especialmente los jóvenes, ya no cree en el discurso revolucionario. Miles se marchan cada año buscando oportunidades que la isla no puede ofrecer. Este contexto de debilidad convierte a Cuba en un objetivo mucho más vulnerable a la presión externa.
El regreso de las zonas de influencia
Todo esto responde a una lógica más amplia: Trump está reintroduciendo una visión clásica de zonas de influencia, algo que muchos creían enterrado tras la Guerra Fría. América Latina vuelve a ser, sin complejos, un espacio de seguridad prioritaria para Estados Unidos.
Pero esta lógica no se limita al sur. Mientras el foco mediático se centra en Venezuela y Cuba, hay otro escenario que revela hasta qué punto ha cambiado el mundo: Groenlandia.
De la contención a la acción directa
La estrategia de contención que caracterizó décadas de política exterior estadounidense se basaba en limitar la expansión de rivales sin confrontación directa. Trump ha roto ese modelo. Ahora, Estados Unidos no se limita a contener: actúa, presiona y reordena el tablero según sus intereses inmediatos. Esto representa un cambio fundamental en la forma en que Washington concibe su papel global.
Groenlandia: cuando la geopolítica vuelve al mapa
Durante años, la idea de que Estados Unidos quisiera aumentar su control sobre Groenlandia se trató como una extravagancia de Trump, casi una broma. Hoy ya no lo parece tanto. Groenlandia es una pieza estratégica de primer orden: controla rutas árticas emergentes, alberga recursos minerales críticos y ocupa una posición clave entre América del Norte, Europa y Rusia.
El deshielo del Ártico ha convertido lo que antes era periferia congelada en territorio central de la competencia entre grandes potencias. China ha mostrado interés económico, Rusia militar, y Estados Unidos no está dispuesto a quedarse atrás.
Para Trump, Groenlandia representa exactamente el tipo de activo que no puede quedar en manos de rivales estratégicos: infraestructura, recursos y posición geográfica. No se trata de comprar la isla como quien adquiere un bien inmobiliario, sino de asegurar control efectivo, ya sea mediante acuerdos de defensa, inversiones masivas o una mayor presencia militar.
El mensaje es el mismo que en Venezuela: si algo es estratégico, no se negocia eternamente; se asegura.
El valor estratégico del Ártico
El calentamiento global está abriendo nuevas rutas marítimas en el Ártico que reducirán drásticamente los tiempos de transporte entre Asia, Europa y América. Quien controle estas rutas tendrá una ventaja comercial y militar significativa. Además, Groenlandia alberga tierras raras y otros minerales críticos para la tecnología moderna. China ya lo sabe y ha intentado invertir en la isla. Estados Unidos no puede permitirse quedar fuera de esta competencia.
Un mundo menos cómodo, pero más explícito
Lo que une Venezuela, Cuba y Groenlandia no es la ideología, sino la ruptura con la ambigüedad. Trump gobierna bajo una premisa simple: la incertidumbre prolongada favorece a los rivales. Por eso prefiere decisiones abruptas, incluso polémicas, que reordenen el tablero de golpe.
Para Europa, este enfoque es profundamente incómodo. El viejo continente sigue operando bajo marcos multilaterales, consenso lento y retórica institucional. Pero el mundo que emerge no espera a que Bruselas llegue a una posición común.
La situación de Groenlandia es especialmente reveladora en este sentido, porque pone a Dinamarca y a la Unión Europea frente a una realidad incómoda: su capacidad para defender espacios estratégicos sin apoyo estadounidense es limitada. Y Trump lo sabe.
El dilema europeo
Europa enfrenta una contradicción fundamental: depende militarmente de Estados Unidos pero no comparte su visión transaccional de la geopolítica. Mientras Bruselas debate resoluciones y consensos, Trump actúa. Esta asimetría en los tiempos de respuesta deja a Europa constantemente reaccionando a hechos consumados en lugar de anticiparse a ellos.
¿Hacia dónde va este nuevo orden?
No estamos ante un retorno exacto a la Guerra Fría, pero sí ante algo parecido: un mundo más crudo, más territorial y menos idealista. Los valores siguen importando en el discurso, pero el poder vuelve a expresarse en términos clásicos: control, disuasión y capacidad de imponer costes.
En América Latina, esto puede traducirse en transiciones forzadas pero más rápidas. En el Ártico, en una militarización creciente. Y a nivel global, en una competencia abierta por recursos, rutas y nodos estratégicos.
Trump no está improvisando tanto como parece. Su método es tosco, pero coherente: elimina zonas grises, obliga a posicionarse y asume el coste político inmediato a cambio de ventajas estratégicas a largo plazo.
Las implicaciones para el orden global
Este nuevo enfoque puede generar mayor inestabilidad a corto plazo, pero también claridad estratégica. Los países ya no pueden refugiarse en la ambigüedad. Deben elegir bandos, asumir compromisos y aceptar las consecuencias de sus alianzas. Esto forzará realineamientos geopolíticos que estaban latentes pero que la diplomacia tradicional retrasaba indefinidamente.
El mundo después de la ambigüedad
La captura de Maduro no es el final de una historia, sino el comienzo de otra mucho más amplia. Marca el retorno de Estados Unidos a una política exterior sin complejos, donde la paciencia estratégica se agota y las decisiones se aceleran.
Cuba observa con inquietud. Groenlandia adquiere un valor que antes no tenía. Y el resto del mundo empieza a asumir que la era del “no pasa nada” ha terminado.
Puede gustar o no. Puede generar inestabilidad o imponer orden. Pero una cosa es segura: el mapa geopolítico ya no se parece al de hace cinco años, y Trump está decidido a dibujarlo a su manera.
Preguntas frecuentes
¿Por qué Venezuela es importante para la estrategia de Trump?
Venezuela representa el primer caso donde Estados Unidos ha pasado de la presión económica a la acción directa contra un régimen hostil en su hemisferio. Establece un precedente que envía un mensaje claro a otros gobiernos de la región: la tolerancia tiene límites y Washington está dispuesto a actuar cuando considera que sus intereses de seguridad están amenazados.
¿Qué interés tiene Estados Unidos en Groenlandia?
Groenlandia es estratégica por tres razones: controla rutas árticas emergentes que reducirán drásticamente los tiempos de transporte marítimo, alberga recursos minerales críticos para la tecnología moderna, y ocupa una posición geográfica clave entre América del Norte, Europa y Rusia. El deshielo del Ártico ha convertido la isla en un activo de primer orden en la competencia entre grandes potencias.
¿Cuba podría ser el siguiente objetivo de la política exterior estadounidense?
Cuba atraviesa su momento de mayor debilidad estructural en décadas, con crisis energética, colapso económico y migración masiva. Sin el respaldo de Venezuela y con una América Latina menos ideologizada, La Habana está más aislada que nunca. Estados Unidos puede aumentar la presión sin necesidad de intervención militar, simplemente endureciendo el cerco económico y financiero.
¿Qué significa el "regreso de las zonas de influencia"?
Trump está reintroduciendo una visión clásica de la geopolítica donde las grandes potencias ejercen control efectivo sobre regiones consideradas estratégicas. América Latina vuelve a ser un espacio de seguridad prioritaria para Estados Unidos, mientras que el Ártico emerge como nueva zona de competencia. Esta lógica marca el fin de la ambigüedad estratégica y el retorno a posiciones explícitas de poder.
¿Cómo afecta esta estrategia al orden mundial?
El nuevo enfoque de Trump elimina las zonas grises y obliga a los países a posicionarse claramente. Esto puede generar mayor inestabilidad a corto plazo, pero también claridad estratégica. El mundo se vuelve más territorial, menos multilateral y más transaccional. Los valores siguen importando en el discurso, pero el poder vuelve a expresarse en términos clásicos de control, disuasión y capacidad de imponer costes.


