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La captura de Nicolás Maduro: crónica de una intervención anunciada

Estados Unidos capturó a Maduro en una operación relámpago que casi no encontró resistencia. El régimen colapsó cuando su propio ejército decidió no defenderlo. Ahora empieza lo difícil.

En la madrugada del 8 de enero, el mundo se despertó con una noticia que parecía sacada de una novela de geopolítica: Estados Unidos había ejecutado una operación militar limitada en Venezuela que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Según las primeras informaciones oficiales, ambos se dirigen ya hacia territorio estadounidense, donde el presidente Donald Trump ofrecerá explicaciones detalladas desde Mar-a-Lago.

Durante años, la posibilidad de una intervención directa en Venezuela parecía más retórica que real. Las amenazas existían, las sanciones se acumulaban, pero muchos analistas pensaban que todo quedaría en una larga guerra de desgaste diplomático. Sin embargo, lo ocurrido demuestra que Washington llevaba tiempo preparando este escenario y que llegó un punto en el que el coste de no actuar superaba al de intervenir.

El error de cálculo del régimen chavista

Para entender cómo se llegó hasta aquí, conviene retroceder unos meses. A lo largo del último trimestre del año pasado, distintos analistas advirtieron de que la probabilidad de una acción militar estaba aumentando de forma notable. No se trataba de rumores ni de alarmismo, sino de una lectura fría de los movimientos militares en el Caribe, del endurecimiento del discurso estadounidense y de la acumulación de presión diplomática.

En ese contexto, Maduro cometió un error de cálculo grave: interpretó ese despliegue como un farol, una puesta en escena sin intención real de ejecutarse. Pero no lo era.

Los preparativos silenciosos

Según la información que empieza a salir a la luz, la operación estaba inicialmente prevista para Navidad. Sin embargo, otros acontecimientos internacionales obligaron a reprogramarla. En paralelo, Estados Unidos llevó a cabo acciones militares en África occidental, concretamente en Nigeria, contra campamentos del grupo terrorista Boko Haram. Ese movimiento alteró el calendario y retrasó la acción final sobre Venezuela, pero el plan nunca se canceló.

Anatomía de una operación militar relámpago

La intervención siguió el manual clásico de las operaciones estadounidenses modernas. Primero, ataques de precisión quirúrgica contra objetivos estratégicos: bases militares, aeródromos, sistemas de comunicación, centros de mando y control. El objetivo no era destruir el país ni ocuparlo, sino neutralizar la capacidad de respuesta del régimen en cuestión de horas.

Una vez desactivada esa primera capa de defensa, entraron en acción las fuerzas especiales, que habrían accedido por vía aérea para ejecutar el objetivo principal: la captura de Maduro y su círculo más cercano.

La resistencia que nunca llegó

El dato más llamativo es la escasa resistencia que encontraron las tropas estadounidenses. En una operación de esta magnitud, lo normal sería esperar combates prolongados o, al menos, enfrentamientos significativos. Sin embargo, todo indica que parte del estamento militar venezolano facilitó la operación o, como mínimo, decidió no oponerse.

En regímenes autoritarios, este patrón es habitual: el poder se sostiene mientras las fuerzas de seguridad son leales; cuando dejan de serlo, el sistema colapsa con rapidez sorprendente. La historia reciente ofrece ejemplos claros: el régimen de Gadafi en Libia cayó cuando su aparato de seguridad se fracturó, y lo mismo ocurrió en Siria. Venezuela no ha sido una excepción. Tras años de deterioro económico, corrupción generalizada y sanciones internacionales, el chavismo perdió cohesión interna y, llegado el momento crítico, no todos estuvieron dispuestos a defender a Maduro.

El día después: ¿quién llena el vacío de poder?

La caída de un líder autoritario no equivale automáticamente a una transición ordenada. Venezuela es un país exhausto tras décadas de mala gestión, clientelismo y empobrecimiento generalizado. Evitar el caos es tan importante como haber capturado al dictador.

En este punto entran en juego varios nombres clave. Por un lado, Edmundo González, vencedor legítimo de las últimas elecciones presidenciales y actualmente exiliado en Madrid, sería el candidato natural para encabezar una transición democrática. Por otro lado, figuras del chavismo institucional como Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello o el ministro de Defensa Padrino López podrían intentar ocupar el poder y perpetuar el sistema con otro rostro.

El papel clave de María Corina Machado

También será fundamental el papel de María Corina Machado, convertida en el principal referente internacional de la oposición venezolana. Su liderazgo se ha consolidado en los últimos años y recientemente fue galardonada with el Premio Nobel de la Paz, lo que refuerza su legitimidad externa e interna.

Ella misma ha declarado que dispone de planes detallados para las primeras 100 horas y los primeros 100 días tras la caída del régimen. El éxito de esos planes dependerá de una cuestión delicada: cómo gestionar al chavismo como bloque social e ideológico sin generar una ruptura violenta.

El dilema de la reconciliación

Para avanzar hacia una democracia funcional será probablemente necesaria una Ley de Amnistía que permita la reconciliación y evite una ruptura interna violenta. Sin algún tipo de integración controlada, el riesgo de inestabilidad aumenta exponencialmente. Pero una amnistía mal planteada también puede generar rechazo profundo entre quienes han sufrido la represión durante años.

Además, la oposición no es un bloque monolítico. Tras más de dos décadas de chavismo, han surgido múltiples liderazgos y sensibilidades. Figuras como Henrique Capriles, Leopoldo López o Antonio Ledezma querrán tener voz en el nuevo escenario político. La capacidad de coordinar esas ambiciones será clave para evitar luchas internas que debiliten el proceso de transición.

Implicaciones regionales: el Caribe en vilo

Más allá de las fronteras venezolanas, la reacción regional será determinante para el futuro de toda América Latina. Países como Colombia y Brasil, hasta ahora ideológicamente más cercanos a Caracas, deberán redefinir urgentemente su posición. El CARICOM, que agrupa a 15 países del Caribe, ya ha celebrado una reunión de emergencia. La estabilidad regional está en juego y nadie quiere una guerra civil prolongada en su vecindario.

Petróleo y geopolítica: los dos grandes ejes

Desde un punto de vista económico y geopolítico, hay dos grandes ejes a vigilar de cerca en los próximos meses.

El factor petrolero

Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, pero su producción ha estado lastrada durante años por sanciones internacionales y una gestión catastrófica. En el corto plazo, lo ocurrido no debería provocar un repunte significativo del precio del barril. De hecho, es posible que el mercado interprete que se alejan los escenarios más caóticos y reaccione de forma contenida o incluso bajista.

Si se consolida una transición política estable y se levantan las sanciones, la producción petrolera venezolana podría aumentar en cuestión de meses, añadiendo presión bajista a un mercado ya bien abastecido. Esto tendría implicaciones importantes para la OPEP+ y, en particular, para países como Arabia Saudí, que se han beneficiado durante años de la exclusión venezolana del mercado global.

El giro ideológico de América Latina

El segundo eje es ideológico y trasciende las fronteras venezolanas. La caída de Maduro no es un hecho aislado, sino parte de una reconfiguración profunda del mapa político latinoamericano. Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, el péndulo político regional se ha desplazado claramente hacia posiciones más liberales y conservadoras.

Argentina con Milei, Chile tras el desgaste del experimento progresista de Boric, Ecuador, Bolivia, e incluso Colombia, donde el ciclo de Petro parece agotado antes de tiempo. Venezuela encaja perfectamente en ese patrón de cambio regional que se acelera.

¿Qué viene ahora?

Lo ocurrido no es solo la captura espectacular de un dictador. Es el inicio de una fase completamente nueva para Venezuela y para toda la región latinoamericana. El desenlace final aún está por escribirse. Puede ser una transición compleja pero ordenada hacia la democracia, o un periodo prolongado de inestabilidad y violencia.

Lo que es seguro es que Maduro subestimó gravemente la determinación de Estados Unidos bajo el liderazgo de Trump y pagó ese error de cálculo con su caída fulminante.

Ahora empieza lo verdaderamente difícil: construir un futuro viable sobre los escombros de un régimen que, durante más de dos décadas, confundió sistemáticamente poder con impunidad.

Preguntas frecuentes

¿Por qué Estados Unidos decidió intervenir militarmente en Venezuela ahora?

La combinación de varios factores precipitó la acción: el regreso de Trump a la presidencia con un enfoque más intervencionista, el agotamiento de las sanciones económicas como herramienta de presión efectiva, y la percepción de que el coste político de no actuar superaba al de una operación militar limitada. Además, la inteligencia estadounidense habría detectado que parte del estamento militar venezolano ya no apoyaba incondicionalmente a Maduro.

Como ganador legítimo de las últimas elecciones presidenciales, Edmundo González es el candidato natural para liderar una transición democrática. Su posición legal le otorga legitimidad tanto interna como internacional. Sin embargo, su éxito dependerá de su capacidad para negociar con distintas fuerzas políticas, incluidos sectores moderados del chavismo, y de coordinar con figuras como María Corina Machado.

Contraintuitivamente, la caída de Maduro podría ejercer presión bajista sobre los precios del crudo a medio plazo. Si la transición se estabiliza y se levantan las sanciones internacionales, Venezuela podría aumentar significativamente su producción petrolera en cuestión de meses, añadiendo millones de barriles diarios a un mercado ya bien abastecido. Esto afectaría especialmente a países de la OPEP+ que han compensado la ausencia venezolana.

El riesgo existe, pero dependerá fundamentalmente de cómo se gestione el chavismo como movimiento social e ideológico. Si se implementa una Ley de Amnistía bien diseñada que permita la reintegración controlada de sectores del régimen sin impunidad total, las probabilidades de estabilidad aumentan. El mayor peligro radica en una fragmentación violenta entre distintas facciones chavistas que intenten tomar el control por la fuerza.

Cuba y Nicaragua perderán a su principal aliado económico y político en la región, lo que debilitará considerablemente su posición. Rusia, que había invertido miles de millones en Venezuela a cambio de influencia geopolítica, verá reducida drásticamente su presencia en América Latina. Sin embargo, es poco probable que ninguno de estos países tome acciones militares directas, limitándose a denuncias diplomáticas y ajustes en sus estrategias regionales.

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